Ariadna Pastorini. invitación, Museo de la Ciudad

 

La intervención del arte moderno al patrimonio de un museo no sólo puede producir una revalorización de los objetos en sí, sino que puede generar una nueva mirada y por ello un nuevo significado. Tal vez este sincretismo va más allá de un diálogo entre dos épocas, tal vez propicia un nuevo lenguaje y nos llega para rehacer una relación con el legado de nuestra historia.

Ariadna Pastorini bucea en el patrimonio del Museo de la Ciudad y se detiene en los márgenes de la colección, pero la instalación es mucho más que una serie de escenas, es la inmersión en un universo con trayectoria. La visión de los conjuntos permite tener la perspectiva de un viaje estético.

En las escenas prima el sentido del gran relato; uno hecho de relatos más pequeños, de la tensión, del contraste o de las continuidades como principios constructivos.

La flexibilidad en la apropiación de los objetos elegidos sitúa a Pastorini como hacedora de nuevas y extremas asociaciones, sin embargo no es caprichoso que la artista se reencuentre aquí con su tradición y su recuerdo, aún cuando hay algo imaginario en esa evocación. Un recuerdo que no es.

De su obra puede hablarse en términos formales, pero hay algo fundamental: su peso. Y ese peso es registrable con la inmersión en el espacio, que en realidad es el único instrumento. Lo demás son las reacciones, propias o ajenas, frente a este: la relación de las personas con ese ‘”universo – espacio” pactado.

Hay conocimiento y profundidad para abordar los espacios engarzándolos como joyas, formas sutiles de la sensibilidad y también obsesiones: la velada fascinación, la caprichosa belleza y una tenue crueldad.

Alejada de la moral social, el registro de su época parece asomarse a los abismos más extraños de su imaginación. Paisajes exóticos y romanticismo lánguido y decadente aparecen en su deseo acompañados en abundancia de personajes perversos y gozosos.

Sus asociaciones son extravagantes y hasta a veces crueles y violentas, subversivas, pero no se preocupa por encontrar motivaciones secretas, ni trazar alguna clase de psicologismo. El goce está en la  presentación. La visualidad de su obra es absoluta. Lo esencial es lo que ven los ojos, parece decir, pero en sus texturas y sus brillos esa predilección por los reflejos es algo más que una descripción lateral. Es la sombra, lo que no puede ser demasiado iluminado, lo que sólo podemos entrever, lo que transmite una turbación extraña, magnética, “abierta”.

MUSEO DE LA CIUDAD

Sabado 27 de agosto, 17 hs

DEFENSA  223